domingo, 3 de abril de 2016

La Bolsa




“Es un buen momento para morirse”, pensó mientras la vieja del séptimo “A” que regaba las plantas de su balcón se espantaba a todo grito al verlo precipitarse raudamente con dirección al asfalto.

Se suele comentar que en el instante inmediatamente anterior a que llegue la muerte, a uno le toca repasar los hechos de su vida en una especie de ráfaga de flashes. Dicen que, por ejemplo, te ves a vos mismo de bebé mientras tu Papá adolescente te levanta en brazos con el entusiasmo incrédulo del que creó algo (o alguien); seguido de tu primer guardapolvo, dentro del cual recibirías los primeros cachetazos que el mundo te tenía programados;  ahí mismo aparecería tu primera novia dándote ese primer beso del que 20 años después te terminarías arrepintiendo, y muchas otras cosas de ese estilo. Toda esa creencia, enterita, es obviamente un gran chamuyo. Lo que en realidad sucede en el momento previo a que no haya más momentos, es que uno entra en un estado de relajación absoluta que es imposible experimentar en ningun otro tipo de circunstancia. Es entonces que la falta total de preocupaciones del que sabe que dentro de 10 segundos va a dejar de existir, te regala (a forma de despedida) una paz tan profunda que te lleva a entender las cosas con una claridad que puede resultar a la vez bastante espeluznante, como también satisfactoriamente reveladora.

Es así que, cabeza abajo y acelerando hacia el final, empezó a divagar entre pensamientos.
Un par de días antes nomás, la selección de Sabella había perdido una final del mundo y él se levantaba con la jugada de Palacio reproduciéndose en loop en el reverso de los párpados. ¡Puaj!, la cantidad de cafés con leche que le había arruinado el pelado de trencita ese, era difícil de cuantificar. A la vez se había dado cuenta de que aquello que se había pasado varios años estudiando y otros pocos ejerciendo no le daba ningún tipo de satisfacción. Para peor, se había separado de su quinta novia y ni siquiera sabía bien por qué. “No funcionó”, contestaba si la gente le preguntaba. Entonces pensó en las cuatro anteriores. Con ellas tampoco había funcionado. “Al fin y al cabo todo es descartable, hasta uno mismo”, pensó.


Cuando pasó por el sexto vio tras su ventana a don Cosme, que al escuchar el grito de terror de la vieja del séptimo, se sobresaltó espasmódicamente asustando a su caniche toy que pegó un salto y salió corriendo a esconderse por ahí.

Sin ninguna razón se acordó de su tío; el mismo que alguna vez en alguna playa allá en sus tiernos ocho años le había dicho “escuchame Jonás, hay que ganarse el pan laburando. No hay caminos fáciles, ¿entendés?”, y ahora resulta que se fue a ganar doce millones en el Quini.
“Todo es cualquier cosa”, se dijo a sí mismo mientras seguía cayendo.

En el quinto piso había una pareja que garchaba como enajenada sin reparar en ruidos. Tuvo muchas ganas de gritarles “!APROVECHEN!, ¡APROVECHEN QUE DESPUÉS SE TERMINA!”, pero se contuvo. No le gustaba la idea de ser recordado como “el cortapolvos del octavo A”.

Su médico de cabecera, el doctor Gorostiaga, le había dicho la semana pasada que se tenía que empezar a cuidar con lo que le metía en su organismo. Hizo especial hincapié en que deje “cuanto antes” la cerveza. Justo con eso se había metido. Le estaban demoliendo la casa de fin de semana. Le estaban descontinuando el remedio a la más jodida de sus enfermedades. Le estaban acallando la más florida de las aficiones. Le estaban pateando  la más testicular de sus pasiones.

En el cuarto estaba Benicio (soltero cuarentón) que, por más que hacía el intento de aislarse acústicamente de lo que hacía la pareja del quinto valiéndose simplemente de una almohada envuelta en su cabeza, lo escuchaba todo con demasiada claridad mientras algo le crecía irrefrenablemente en el pantalón.

Su analista le había dicho en la última sesión “Jonás, sos demasiado reflexivo con temas que quizás no te convienen”. Tenía razón. Tenía mucha razón el muy hijo de una gran puta. Él, a merced de la gravedad, se rió al recordarlo. Se rió como se ríen los que saben precisamente de qué van las cosas pero fallan estrepitosamente cuando intenten detener su curso. Vio que el suelo ya estaba mucho pero mucho más cerca y no estaba seguro de cómo se sentía al respecto.

En el tercero vivía Dolores, la chica más insoportablemente hermosa que había visto en toda su puta vida. Él, luchando con su asumidísima discapacidad para socializar, había intentado en varias oportunidades generar un acercamiento. En una época coordinó su horario de salida para cruzársela de vez en cuando en el ascensor y así sacarle algo de charla. Nunca escuchó salir de su boca ni una palabra que no se encuentre entre las siguientes: “Hola”, “Sí”, “Bien”. Y nunca las decía en sucesión. No lo registraba en absoluto.
Dio la casualidad (si es que se puede asumir que estas existen) de que justo en ese momento se estaba desvistiendo frente a la ventana de su habitación. Jonás siempre había fantaseado con su cuerpo desnudo y finalmente iba a poder verlo. Abrió bien grandes los ojos para no perder detalles.
“Tiene las tetas en forma de cono”, se dijo desencantado. “Nadie es perfecto, ni siquiera Dolores”.

Estaba por llegar al segundo y le empezó a subir la bronca. En el segundo vivía el sorete de Roberto.
Roberto era el dueño del departamento en el que vivía Jonás, el octavo A. Se conocieron porque su tía Haydeé (que era como una madre para él) andaba noviando con este tipo. Un poco para quedar bien el uno con el otro y dejar contenta a Haydeé, arreglaron un contrato el alquiler sin garantías, ni mes de depósito, ni nada por el estilo. La verdad es que Jonás odiaba ese departamento, era espantoso y se caía a pedazos,  pero no podía evitar sentirse un poco en deuda con el novio de la tía.
Fue apenas unas semanas después de mudarse que pudo constatar que el tipo este era un forro que se volteaba a medio barrio y que boludeaba a su tía constantemente, cosa de la que presumía con otros amiguetes del edificio.  Su tía lo amaba con tanta ilusión que a Jonás le costaba mucho contarle algo que pudiera destrozarle el corazón como todo aquello.

Pasó por el segundo queriendo verlo a la cara por última vez, pero el tipo no estaba, había salido.

“Pobre tía Haydeé”, pensó. Y entonces, como un relámpago, lo atacó la imagen de su tía recibiendo la noticia de su muerte. La imaginó asustada cuando el policía le tocaba el timbre de su casa y casi la pudo ver achicharrarse de dolor al escuchar lo que éste tenía para decirle. “Para peor ¡VA A PENSAR QUE ME SUICIDÉ!”, se dijo entonces y se empezó a desesperar.
Era muy lógico que ella pensara en un suicidio. ¿Quién iba a pensar que él  en realidad estaba estaba tranquilo tomando una siesta y que una bolsa de plástico, por acción del viento, se había quedado atorada en la reja su balcón y hacía un ruido que no lo dejaba dormir?. ¿Quién iba pensar que se le iba a ocurrir ir medio dormido y medio enojado a tratar de destrabar esta bolsa?.  ¿Quién iba a pensar que se le iba a cruzar por la cabeza pasar una pierna para el otro lado de la baranda para así llegar más cómodo a la bolsa?.  Absolutamente nadie iba a pensar eso. Todos sus seres querido, y también los otros, iban a asumir que era un pobre chico que tenía problemas y que tomó la peor decisión de todas. A Jonás le daba mucho asco pensar en esto.

Estaba llegando al balcón del primero A y gritó “!AYUDAAAAA!”, de desesperado nomás, porque bien sabía que era muy tarde para que acudan a su rescate.

Marta, la del primero, se llevó la mano a la boca en señal de consternación e incredulidad.

El piso se acercaba más veloz que nunca y él, quizás un poco demasiado tarde, había llegado a la conclusión de que no se quería morir. De ninguna manera se quería morir. Por lo menos no así.

Estaba tratando de determinar con qué parte del cuerpo era conveniente impactar cuando vio al forro de Roberto que se acercaba sin darse cuenta de nada. Se sintió muy pelotudo, pero aleteó. Aleteó y aleteó intentando modificar la trayectoria de su caída para hacerla coincidir con la ubicación del puto de Roberto.


Nunca supo si fue la física o la suerte la que estuvo de su lado, pero lo cierto es que Roberto quedó exánime, todo reventado contra el pavimento y a él solo se le quebraron las dos piernas y un par de costillas.

domingo, 14 de febrero de 2016

Cabo San Juan



No era algo común que estos tres la pongan, ¿para qué mentir?
A ver… quizás haga falta aclarar: No hay nada malo en ellos. Quiero decir, seguramente hay bastantes cosas malas en cada uno en particular y otras tantas que sólo salen a relucir cuando están los tres juntos, pero ninguna de esas cosas son lo suficientemente incriminatorias como para que en el veredicto final del jurado femenino se los pudiera sentenciar como “incogibles” y para luego condenarlos a carcel perpetua en el temible penal de la Castidad Eterna, pabellón Japa. No es para tanto, les juro que no.

Lo que les quiero contar es un cuento, que a la vez también es un juego (O al menos intentará serlo). Los hechos que se expondrán a continuación son de alguna manera verdaderos, pero se presentarán alterados en su inmensa mayoría. Me refiero a que algunos son totalmente falsos y otros son mentiras parciales o verdades a medias, como usted prefiera. Sin embargo habrá una (y sólo una) situación que contaré tal cual sucedió, con el propósito de que usted pueda llegar a señalarla una vez haya terminado de leer.

“Che, ¿vamo a Colombia?”. La idea había sido de Andrés (el más viajado del grupo) que una noche,  empecinado con hacerse de algún acompañante, reunió en un bar a Matías e Ignacio y les disparó la propuesta. Había preparado su discurso meticulosamente con la intención de que no hubiera chance de que este pasase desapercibido. No hubo necesidad de esperar demasiado para poder confirmar que había surtido el efecto deseado.
Llegaron a Bogotá el 14 de Febrero, día de los enamorados (Fue casualidad, aunque amor no faltaba), y se hospedaron en un Hostel ubicado en un barrio precioso llamado “La Candelaria”. Bebieron cerveza local, comieron platillos autóctonos, fueron a un par de museos y charlaron con algunas gentes. Pero en realidad estaban ahí de paso, la idea era irse cuanto antes para la costa, y eso mismo fue lo que hicieron 2 días después.
Los recibió Cartagena de Indias, tan calurosa y bella como sólo ella sabe ser. El taxi los llevó directamente a la impresionante ciudad amurallada, donde hicieron base, y de allí se fueron moviendo de pueblo en pueblo, de playa en playa, de Hostel en Hostel, cosechando borracheras y cachengues memorables y conociendo gente en el camino.
Una vez en Santa Marta, se cruzaron con un grupo de extranjeros (alemanes, holandeses, estadounidenses, argentinos) con los que hicieron buenas migas a tal punto de que continuaron el viaje en comunión.
En cuestión de minutos, como no podía ser de otra manera, se empezaron a armar parejas potenciales. Así pasa en estos casos y celebro que así sea porque casi ninguna historia sabe del todo bien si no se sazona con un cachito de romance.
“Che, ¡está linda Hanna!” dijo Andrés  refiriéndose a una rubia teutona (por favor lea la U en el medio de la palabra que para algo está, no quise referirme a su busto) que se resistía a que le hablen en inglés porque insitía en p­­racticar su castellano. “A mí me va más Melody”, retrucó Matías refiriéndose a una morocha argenta con unos ojos verdes que chorreaban simpatía. “¿Qué clase de nombre es Melody?”, chicaneó Ignacio que suele bardear de una forma tan graciosa que es difícil enojársele, y finalmente agregó “La que va es Sarah”.
Pum, ahí nomás se cerró el pacto. No hicieron falta juramentos, ni promesas, ni nada. Los tres sabían, a partir de ese momento, hacia dónde apuntar sus cañones (No es mi intención usar la palabra cañón como sinónimo de pene… No sé ni por qué aclaro tanto, pero bueno). Sus cañones no eran gran cosa, a decir verdad (leer nuevamente el paréntesis anterior), pero mal que mal cada uno por su lado iba haciendo sus intentos. Había días en los que parecía que se le iba a dar a Ignacio; había otros en los que Andrés picaba en punta; en otras ocasiones, Matías amagaba con concretar. Lo cierto es que ni chicha ni limonada (sepa usted dispensar la utilización de este ya de por sí confuso refrán).
Estaban una noche en la terraza de un Hostel de Santa Marta. Matías hacía que cantaba, Ignacio pretendía tocar la guitarra y Andrés, quizás el más fachero de los tres, tocaba el cajón peruano. En realidad no estaban haciendo otra cosa que pavonearse ante sus pretendientes, o quizás estaban haciendo todo lo contrario, ¿quién sabe? La cuestión es que entre mitad de canción y mitad de canción (Ignacio no se sabía ni 1 tema completo, sólo se sabía mitades) entre todos decidieron ir a pasar unos días a un lugar del que habían escuchado hablar durante toda su estadía en tierras colombianas, Parque Tayrona.
Parque Tayrona es una reserva natural de enormes dimensiones en la que uno puede encontrar playas de lo más disímiles con tan sólo caminar media hora. Es la intención de la gente que lo regentea conservar su estado natural, por lo que no hay ningún tipo de edificación en la que guarecerse para dormir y otras empresas, de manera que uno debe contentarse con carpas o hamacas paraguayas. Pero es un lugar tan alucinante que bien vale la pena dormir poco y nada con tal de experimentarlo.
Nuestros 3 buenos muchachos habían recogido (del verbo juntar, claramente, no del otro) durante todo el viaje, varias recomendaciones a tener en cuenta en el caso de decidir emprender tal travesía. “Miren que no se puede entrar con alcohol”, “No se les ocurra llevar ningún tipo de droga porque te revisan antes de entrar”, “lleven comida porque ahí te arrancan la cabeza” y ese tipo de cosas. La cuestión es que ellos, quizás estúpidamente envalentonados por esa hermosa sensación de invulnerabilidad que te da el estar conociendo el mundo, decidieron hacer caso omiso de todas estas cosas y llevaron alcohol, marihuana, petardos ilegales, armas de fuego con el número de serie limado y ese tipo de cosas. Quizás no tanto, pero más o menos.
Pasaron los primeros días intentando generar algún tipo de acercamiento con las muchachas, cada uno con la suya, sin demasiado éxito.  La idea de que las carpas sean mixtas, que a priori sonaba prometedora, terminó no siéndolo tanto. Si bien cada uno había procurado colocar su bolsa de dormir bien pero bien pegada a la de su pretendiente, el hecho de que hubiera tanta gente habitando dicha carpa no propiciaba el amor, precisamente. Pero se contentaban con alguna caminata en solitario, con uno de esos ridículos juegos de manos que a la vez son coqueteos y con menudencias de ese calibre. Se avanzaba a paso lento. Muy lento.
Durante una de sus caminatas matinales encontraron un nuevo camping ubicado metros del mar. “Cabo San Juan”, fue la respuesta que recibieron cuando, totalmente embobados por el paisaje, consultaron el nombre de aquel lugar. Automáticamente fueron a buscar sus bolsos al camping anterior, agradecieron la hospitalidad a sus dueños y corrieron de vuelta a Cabo San Juan. Sólo les quedaba una noche en Parque Tayrona y luego tenían que volver a Cartagena. Además esa misma noche sería la última que pasarían cerca de Hanna, Sarah y Melody, que habían resuelto quedarse un par de días más en aquel paraíso, lujo que nuestros protagonistas no podían darse. Había que sacarle provecho. TENÍA que ser ESA noche.
Se acercaron a un pequeño puestito en donde había un amable señor que cobraba por hospedarse en su camping. Este señor empezó a repasar las distintas opciones, hasta que les hablo de la cabaña, que era la alternativa más cara. “¿Qué cabaña?”, preguntaron desconcertados al no ver nada que se le parezca en las cercanías. El señor señaló una pequeña y rústica edificación en un alto en la punta del cabo (ver foto ilustrativa). Era una especie de glorieta con una columna en el centro, de la cual colgaban hamacas. No tenía ningún tipo de ventana y, al estar en terreno elevado, era muy castigada por el viento; sin contar que había que subir y bajar por un camino pedregoso que, cuando escaseaba la luz, era un poquito peligroso de transitar. Pero estar ahí arriba verdaderamente te sacaba el aliento. El ruido y el aroma del mar eran allí más concretos, más reales, tenían más vida y el paisaje acompañaba de mil maravillas. Aguas turquesas hasta donde el ojo alcanzaba a ver, cielos celestes llenos de sol, suaves arenas blancas llenas de Hanna, Sarah y Melody. No hubo mucho que pensar. Pagaron lo que había que pagar y ahí se quedaron.
Se pasaron todo ese día tirados en la playa planeando la última noche en total silencio, cada uno x su lado. Cuando finalmente llegó, los encontró preparados. Se pusieron sus mejores ropas (lo que no era mucho decir), rescataron de dentro de sus bolsos algo de tomar y algo de fumar que venían encanutando para situaciones críticas, se alejaron un poco del camping y se sentaron en ronda sobre la arena a consumir estas delicias iluminados únicamente por la luna. Confiaban en que un último toque de deshinibición, como el que suelen proporcionar el alcohol y las drogas, los iba a dejar mano a mano con el arquero y con tiempo para definir.
Todo estaba funcionando de mil maravillas, ellos decían estupideces, ellas se reían; las botellas giraban en sentido horario vaciándose parsimoniosamente; el charuto (perdón, no me pude contener, tenía que escribir la palabra charuto aunque sea una vez en mi vida) pasaba de mano en mano en sentido antihorario achicharrándose lentamente. Todo muy bien. Pero en cierto momento uno de ellos reparó en unas luces que brillaban a lo lejos y se acercaban lentamente. Por las dudas se apuraron en esconder todo rastro de drogas y alcohol lo mejor que pudieron. Esperaron en silencio mientras empezaban a confirmar que las luces provenían de linternas en mano de policías o gendarmes o algo por el estilo.
“Buenas noches”, se presentó uno de ellos (eran tres) y sin esperar respuesta preguntó “¿Qué están haciendo aquí?”. “Nada, oficial, disfrutando de la noche”, respondió Andrés. A un costado había una botella que aparentaba ser de agua, pero en realidad contenía aguardiente. Al oficial de la derecha le llamó la atención y entonces se acercó, la levantó, la abrió, olfateó su contenido y le dedicó una mirada socarrona a sus dos colegas. “¿Saben que está prohibido ingresar al parque con bebidas alcohólicas, verdad?”. Nadie respondió. “¿Tienen algo más?”, preguntó muy serio al cabo de unos segundos de silencio. “Eso es todo, oficial”, mintió Matías vaya uno a saber por qué. “Abran sus bolsos, por favor” sentenció entonces el que todavía no había hablado. Tardaron apenas segundos en encontrar la mísera pizca de marihuana  que había en el fondo de uno de los bolsos. Dieron alarma a través de un Handy y de repente, de buenas a primeras, estaban rodeados de oficiales de la ley montados en caballos que daban rondas y rondas alrededor de nuestro grupo de 6 mientras las luces de las linternas iban iluminando los rostros de los acusados intermitentemente conformando un cuadro completamente surrealista y disparatado en el medio de la noche Colombiana. “Vamos a tener que llevarlos a la comisaría más cercana en donde les tomaran sus datos que luego remitiremos a las embajadas correspondientes. Quedarán detenidos y finalmente procederemos a enviarlos de vuelta a sus países, de donde seguramente no puedan volver a salir”, explicaba el que parecía estar a cargo con tono calmo, pero amenazante. “Esto que ha sucedido quedará plasmado en sus antecedentes y es muy posible que de aquí en más les sea dificultoso conseguir empleo”, agregaba intentando asustarlos. Era evidente que todo esto era un bolazo y que lo que este sujeto buscaba era otra cosa. Se mostraba muy insistente en sus amenazas, repitiéndolas una y otra y otra vez hasta el punto del hartazgo y de tanto en tanto iba agregando algunas nuevas cada vez más ridículas e inverosímiles. Lo que preponderaba entonces no era el miedo, sino la necesidad de que los dejen terminar lo que habían iniciado, de que no les quiten esa última noche. “¿No lo podemos arreglar de otra manera, oficial?”, preguntó finalmente Andrés. Las marmóreas expresiones del rostro del policía de repente se suavizaron, confirmando su estratagema y finalizando el conflicto. Se resolvió en un par de minutos al cabo de los cuales los 6 turistas quedaron sentados en la orilla del mar completamente frustrados, sin nada que tomar, sin nada que fumar y con un poco menos de dinero en la billetera.
Pasaron un rato largo lamentando y discutiendo lo sucedido (bien bien lejos de cualquier posibilidad de coqueteo) hasta que en un momento Matías vio algo que le resultó extraño flotando en el agua, allá a lo lejos. Se acercó a la orilla, siguiendo al objeto con la vista mientras este se acercaba con cada ola que lo tocaba. Rápidamente se cansó de esperar y se hizo a la mar en su búsqueda. Los otros 5, que lo seguían con la vista francamente confundidos, no pudieron entender cómo era que el tipo este estaba saliendo del mar con una botella de cerveza llena en su mano mientras gritaba como un idiota. Era una cerveza nomás, pero lo emocionante de todo aquello era el guiño poético que estaban teniendo el gusto de presenciar y que les estaba devolviendo por medio del mar lo que la policía les había quitado por la fuerza. Eso fue lo que celebraron. Celebraron que el universo les estaba confirmando que ellos eran los buenos y que les estaba dando una palmadita en el hombro a cada uno de los 6.
La cerveza era intomable, es cierto. Las chicas directamente no se le animaron, es cierto.  Ellos la abrieron, la probaron y la dejaron a un costado, es cierto. Lo que también es cierto es que de las seis hamacas que habían reservado en la punta de Cabo San Juan, terminaron necesitando sólo tres.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

El Amor y las personas ligeramente deformes



Damián era un tipo, en general, bastante forro. De vez en cuando tenía la horrible necesidad de hacer sentir mal a la gente. Le nacía del centro del pecho. De acá (me señalo el centro del pecho). Lo sentía como si se tratase un bicho espantoso que le escarbaba desde adentro y que peleaba por salir con el solo propósito de picar a su víctima y después morir hecho una bola de nada en el piso del baño. Al principio a Damián le daba un poco de asquito su propia actitud y la idea del bicho horrendo, pero después de un tiempo se acostumbró y la aceptó como parte inamovible de su ser.
 Es que ese alguien- o algo- que años atrás rondaba por el patio del colegio aquel, del que luego lo habrían expulsado, le había hecho creer que era un tipo gracioso. En esas épocas siempre iba acompañado por su séquito, que estaba enteramente compuesto por gente mucho menos inteligente y creativa que él. Era de lo más común verlo pulular por el patio haciendo maldades con una estela de bobos detrás que le festejaba cada una de sus siniestras ocurrencias como si se tratase del público de una remake de una Sitcom yankee berreta con pantalla en canal 9. Y él, de alguna manera, se creía un poco el protagonista de la historia de esa escuela. Y le encantaba ese papel.
Pero ya habían pasado bastantes años de todo eso. No tenía ni idea de qué había sido de los reidores siquiera, pero él seguía igual de forro y ahora disfrutaba de recorrer las calles del barrio de Boedo haciendo sentir mal a los vecinos.
En Castro Barros y Juan de Garay había un quiosco de Flores. La chica que lo atendía, Pamela, era divina. Se decía que era dueña de una sonrisa capaz de abastecer de suministro eléctrico al barrio entero, acompañada por dos faroles verdes que a uno hasta le daba un poco de pena que tuviesen que cerrarse para pestañar. Su cuerpo, además, le hacía honor a esa cara que Dios había tenido la gracia de darle, pero tenía un pequeñísimo detalle que la separaba de la perfección: Tenía el culo doblado, ladeado para la derecha. La verdad es que de ninguna manera lograba arruinar el todo, seguía siendo hermosa,  pero ahí estaba ese culo y ella lo odiaba profundamente.
Pasaba sus días sin demasiados sobresaltos, entre rosas y margaritas, y con la radio haciéndole compañía. Pero de vez en cuando un grito rompía la calma desde la vereda de enfrente.
— ¡EH, CULO DOBLADO! —sonaba siempre seguido de un chiflido.
Y Pamela se llenaba de odio y de vergüenza. Se metía entre las flores queriendo hacerse invisible hasta que después de un rato, se le pasaba.
La situación se repetía varias veces por semana, hasta que un día ella finalmente se cansó. Lo vio venir a lo lejos y preparó el contraataque.
— ¡EH, CULO DOBLADO! —gritó Damián como era ya era costumbre.
— ¡MÁS DOBLADA TENDRÁS LA CHOTA, NENE! —le devolvió Pamela, orgullosa de sí misma.
Del otro lado de la calle Damián sintió el golpe. Directo en la boca del estómago. “¿Cómo sabe?”, se preguntó desconcertado. “¿¡Cómo mierda sabe!?”
Era realmente un tema sensible para Damián. Hace tiempo que lo tenía preocupado. A veces se soñaba a sí mismo con chicas desnudas que esperaban golosas en su cama a que él se sacara la ropa, y cuando lo hacía se reían bien fuerte y a coro. Justo ahí se despertaba todo sudado. Lo común, nada raro, pero era feo.
Decidió consultar con un profesional. No tenía obra social ni tampoco un peso partido al medio, así que se mandó sin avisar al consultorio de Raúl, un médico clínico que era amigo de su viejo.
— Hola, Raúl. Permiso… —saludó Damián asomando la cabeza por la puerta entreabierta del consultorio.
— Pasá, Dami, pasá— lo recibió y luego preguntó— ¿En qué te ayudo?
— La verdad es que me da un poco de vergüenza— le confesó hablando bajito
— ¡Pero che! ¿Hay confianza o no hay confianza? — dijo Raúl mientras abría grandes los brazos.
— Sí, ya sé.  Pasa que el tema es ahí abajo— le contó Damián mientras señalaba en esa dirección.
— ¿Te dejó pagando? — le preguntó el doctor con media sonrisa en la boca. A Damián de repente todo esto ya no le parecía tan buena idea como antes.
— No, nada que ver. Pasa que… es raro, diferente—
— ¿Cómo raro? ¿Me querés mostrar? —
— Y… otra no me queda— confesó resignado mientras se bajaba los pantalones.
Raúl entonces inspeccionó la zona con suma seriedad y profesionalismo, hasta que dijo:
— Está como chanfleado pa’ la derecha—
— ¡Ya sé, ya me di cuenta! — se quejó — ¿Qué puedo hacer?
—Y… —dijo Raúl, luego hizo una pausa y sonrió anticipando la pelotudez que iba a terminar diciendo— ¡Buscate una mina con el culo doblado!
Damián se vistió y se fue sin decir palabra habiendo aprendió que uno puede llegar a profesional, aun siendo un completo idiota.
Volvió a su casa, se encerró en su cuarto, lloró y se tomó una botella entera de Criadores que tenía guardada desde 1996. Durante esa noche, totalmente borracho, sintió que algo se había muerto dentro de él. Vomitó. Vomito fuerte, hasta que vio al bicho sucio, triste y sin vida flotando en el inodoro.
Al otro día se bañó, se peinó para el costado, se puso su calzón sin agujeros, su camisa buena, su colonia Paco que se había ganado en la misma kermesse donde se había sacado el whisky de la noche anterior, y se hizo a la calle.
Ella lo vio venir desde la vereda de enfrente y planeó el cachetazo. Ya no le importaba nada. Él cruzó la calle (algo que nunca antes había hecho, ya que mantenerse alejado era de vital importancia para su habitual número de gaste callejero), se acercó a paso firme, le robó ante sus narices una flor y le dijo:
— ¿Alguna vez te dijeron que tenés la cola más linda de todo el barrio? —
Le habían dicho cualquier cosa, menos eso. Ella bajó el brazo, que seguía presto para cachetear, aceptó la flor –siempre es mejor robada que comprada, solía pensar- y se fueron juntos a tomar un Fernet.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Pritty Limón



Germán tuvo el impulso, el ansia siniestra de pegar un volantazo y reventarse contra uno de los árboles que se repetían y se repetían al costado de la ruta buscando así emerger de esa estúpida sopa de silencio y bronca que, después de horas de viaje,  ya chorreaba por las ventanillas de su auto. Tuvo ese impulso de verdad y no paró de manifestarse en forma de flashes en varios momentos del viaje, pero siempre se contuvo, vaya uno a saber por qué.
Desde el asiento del acompañante, Natalia hacía cálculos y aproximaciones con los que intentaba averiguar si había reservada para ella alguna posibilidad de evitar la muerte si finalmente se decidiera a abrir la puerta de ese auto para luego escapar de un salto de todo aquel patético infierno. Hizo las cuentas meticulosamente, pero ninguno de los resultados logró satisfacerla, entonces se limitó a perder la mirada entre alguno de losa árboles que se repetían y se repetían al costado de la ruta.

Ninguno de los dos conocía puntualmente el porqué del desencuentro de turno.  Después de seis años de relación (tres de ellos en convivencia) los límites entre cada una de sus peleas se habían empezado a difuminar: el problema de hoy, remitía al de ayer, que a su vez estaba conectado con el de antes de antes de ayer que seguramente volvería a aflorar mañana o pasado,  y así. Era una suerte de estado de sitio constante que aunque por momentos se fingiera durmiente, latía bien fuerte y amagaba permanentemente con desatar cruentas balaceras en cada uno de los rincones de la casa, luego de las cuales siempre había algún muerto para lamentar.
Sangraban. Los dos.  Había un tajo rojo y profundo entre ellos que ardía todo el día y no los dejaba pensar,  y no los dejaba sentir. Últimamente, en completo silencio, habían acordado no hablarse. Él llegaba de trabajar, prendía la televisión y se perdía en el fútbol inglés. Ella lo escuchaba llegar y se sumergía en el estudio de la termodinámica. Para cocinar, se turnaban. Hacían comida para los dos, se servían la mitad en un plato y dejaban la mitad restante en la olla para que el otro la retirase cuando el uno se hubiese alejado prudencialmente de la cocina que, dicho sea de paso, es el ambiente más peligroso a la hora del disturbio doméstico. Se terminó gestando entre ellos una muda sincronía como de espectáculo de mimos, pero definitivamente menos simpática. Es cierto que se trataba de una medida drástica (esta del pacto de silencio), pero al honrarla por los menos se ahorraban los gritos (a los que se sumaban  las consecuentes quejas de los vecinos), como así también la rotura de vajilla y el mobiliario. Esta iniciativa les funcionó bastante bien por un tiempo, pero sucedió que a mediados de Noviembre se vieron obligados a asistir a un casamiento en la provincia de Córdoba. Faltar no era una opción, viajar en avión tampoco. El sentido común les susurraba desde atrás de la oreja que una cosa era evitarse totalmente estando dentro de una casa de tres ambientes con patio y terraza, y otra muy diferente era hacerlo en las entrañas de un Volkswagen Gol gris topo. La sola idea los aterraba.

Salieron un sábado a la mañana. Germán se puso ropa cómoda, zapatillas de correr y la esperó en el auto por más de diez minutos. Natalia se pintó la boca de rojo, se puso lentes de sol, se tapó la cabeza con una chalina y le cerró la puerta un poquito fuerte a propósito, para que viera con qué bueyes estaba arando.  Él puso cara de fastidio, pero no dijo nada. Arrancó el motor, sacó el freno de mano, suspiró resignado saboreando el inminente suplicio y pisó el acelerador. Ni siquiera habían llegando a Avenida Santa Fe y ella ya se estaba engranando: “Siempre agarra por acá. ¿No se da cuenta de que se morfa todos los semáforos? ¿Será posible?”, pensaba mientras movía la piernita con ritmo nervioso, lo que generaba un apenas audible tun-tun en el piso del auto que sin embargo Germán percibía como una manada de elefantes atravesando su cuero cabelludo. “¡Ahí está la piernita! ¿Cuánto vamos, quince minutos? Sí, quince minutos y ya empezó con la piernita”, se lamentaba indignado.
Pararon antes de llegar a General Paz para cargar nafta. Él se bajó a comprar algo de tomar, pero lo único que encontró frio en la heladera fue una Pritty Limón. Germán detestaba la Pritty Limón. Ya había descartado totalmente la transacción cuando lo asaltó la idea de que ella pudiera pensar algo así como “¡Ni siquiera tuvo la delicadeza de comprar algo de tomar! ¡Dios me libre y me guarde!”. Furioso apretó los puños tomando la frase como ya pronunciada, volvió a la heladera y compró dos litros y cuarto de ese brebaje radioactivo disfrazado de gaseosa digna. Finalmente volvió al auto, abrió la Pritty, le dio un sorbo con dificultad, se dijo “definitivamente esto no es para mí”, la revoleó en el asiento de atrás y retomó el viaje. Natalia, por su parte y como era de esperarse, se quejó en silencio “¡Para comprar eso, mejor no hubiera comprado nada!” y se empezó a pintar las uñas.
El Gol se abría paso rápidamente por la ruta 9 esquivando obstáculos con perfecta imprudencia. Se notaba claramente en sus maniobras que había apuro. Se presentía perfectamente en su andar que era preciso llegar cuanto antes; no por el entusiasmo que suele generar la idea de cambiar de paisaje, tampoco por la promesa de un sustancioso desenfreno etílico junto a amigos de la primaria, mucho menos por el ineludible trencito de carnaval carioca con las manos en la cintura de un cualquiera y la corbata verde ajustada sobre la  frente sudada y pegajosa de las 5 de la mañana. Lo que ansiaban con simétrico esmero era poder salir de ese auto para dejar cuanto antes de estar el uno con el otro.
Ya habían transcurrido un par de horas largas cuando la pregunta “¿Por qué seguimos juntos?” los impactó casi al mismo tiempo. Natalia se acordó de sus amigas. La mayoría ya estaban casadas y un buen número de ellas también tenían uno o más hijos. Ella no estaba segura si precisamente eso lo que quería para su vida, pero sentía que estaba llegando a destiempo a todo y eso la desesperaba un poco.
Germán pensó en su secretaria que no dejaba de provocarlo a todo momento, de lunes a viernes de 9 a 18. El siempre la había esquivado. Era evidente hasta para un no vidente que Natalia era mucho más linda que ella, pero todo aquello de sentirse deseado, ese jueguito perverso de aproximaciones pero nunca contactos le estaba empezando a cosquillear desde adentro. Para colmo hacía meses que Natalia ni siquiera lo tocaba.
El silencio ya espesaba el aire dentro de aquel auto.Se sabe que los silencios pueden ser de lo más bellos cuando remiten a la pausa, al descanso, al suspiro, a la paz. Pero cuando están cargados de reproches, de espantosas omisiones y verdades empantanadas, arruinan el aire y  de alguna manera lo transmutan en espantosas anacondas que terminan por sofocar los corazones como a míseros ratones.
Fue por temor a esto que a Germán, a la altura de Rosario, se le ocurrió prender la radio. Durante horas se sucedieron canciones horribles que apenas lograron entibiar la hostilidad que ambos supuraban, pero en cierto momento el locutor anunció “Y a la vuelta de la tanda, lo que veníamos prometiendo: ¡Nuestro 2 x 1 del sábado! Suenan hoy dos temas de los Beach Boys por el precio de uno. ¡No te vayas que ya volvemos!”. Cuando escucharon el nombre de la banda, los dos al mismo tiempo dirigieron una mirada incrédula y fugaz hacia la radio con los ojos abiertos como platos. Germán y Natalia morían por los Beach Boys. La tanda se hizo eterna, pero justo después de un aviso de una pinturería empezaron a sonar las primeras notas de “Wouldn´t It Be Nice” (“¿No sería lindo?”, en castellano). Los dos se la sabían de memoria y no pudieron evitar usar sus gargantas por primera vez en todo aquel día para cantar a viva voz. “Wouldn't it be nice if we were older? / Then we wouldn't have to wait so long” (“¿No sería lindo que fuésemos más grandes? / Así no tendríamos tanto por esperar”), en perfecta armonía mientras bailaban de la cintura para arriba. “You know it's gonna make it that much better / When we can say goodnight and stay together”  (“Sabés que todo va a estar mucho mejor / Cuando podamos decir buenas noches y quedarnos juntos”), y  sonreían y se miraban a los ojos despues de mucho tiempo.“Happy times together we've been spending /I wish that every kiss was never ending / Wouldn't it be nice?” (“Juntos pasamos tiempos felices / Ojalá cada beso fuera interminable / ¿No sería lindo?”), decía la dulce voz de Brian Wilson y el Gol de repente era todo alegría.
Sin separador mediante empezó a sonar el segundo tema, tal como estaba previsto. Apenas se dieron cuenta de que se trataba de “God only knows” (“Solo Dios sabe”) los dos gritaron “¡UUUHHH!” -interjección de alegría que uno emite cuando suena su tema favorito-. “I may not always love you / But long as there are stars above you / You never need to doubt it / I'll make you so sure about it / God only knows what I'd be without you” (Quizás no te ame por siempre / pero mientras haya estrellas encima tuyo, / Ni siquiera tenés que dudarlo / yo me voy a asegurar de que no lo hagas / Solo Dios sabe qué haría yo sin vos”), canturrearon tomados de la mano rozando la disfonía mientras Germán marcaba el tiempo con la bocina “If you should ever leave me / Though life would still go on believe me / The world could show nothing to me / So what good would living do me / God only knows what I'd be without you” (“Si alguna vez me dejaras / Si bien mi vida continuaría, / El mundo ya no tendría nada para mostrarme /¿De qué me serviría vivir entonces? / Solo Dios sabe qué haría yo sin vos”) se decían el uno al otro y eran, por un ratito, todo amor. El hermoso tema finalizó con ese precioso arreglo vocal que ellos reprodujeron con precisión,  tomándose turnos, cambiando de registros como si se hubieran pasado la vida ensayándolo.
Luego silencio. Otra vez silencio, como si nada de aquello hubiese pasado. Faltaban un par de horas todavía, la ruta estaba desierta y el cielo se había encapotado. Miles y miles de árboles enmarcaban el pavimento hasta más allá del horizonte mientras Germán y Natalia empezaban a considerar seriamente la opción de reventarse contra un árbol o de saltar del auto en movimiento y así dar fin a ese calvario. Ella, con la garganta seca de tanto cantar, tanteó el asiento de atrás y encontró la Pritty Limón. Le dio un sorbo largo, pero a mitad de camino, cuando su boca ya estaba llena de ese líquido espantoso, sus papilas dieron el alerta y, sobrepasada por el asco, no pudo más que escupir todo el buche nuevamente dentro de la botella, contaminando su ya de por sí repugnante contenido con su saliva caliente. Disimuló lo mejor que pudo y volvió a dejarla en su sitio haciéndose la desentendida.
Los kilómetros y las horas se sucedieron anodinos como si se hubieran sometido al más soso “Copy-Paste” y ya casi estaban llegando, cuando una sed espantosa invadió a Germán por completo. Buscó en el GPS una estación de servicio en la que comprar algo que le permitiera saciarla. Se resistía a volver a tocar la Pritty. Se negaba a tocar la Pritty. Comprobó con desconsuelo que no había ningun dispendio en las cercanías y entonces decidió, no sin meditarlo varias veces, desquitarse con lo único que tenía a mano. Tomó la botella casi llena sin reparar en la escupida que había dentro. Ella entonces se dio cuenta de lo que iba a suceder, se puso toda colorada y se hundió en el asiento de vergüenza. Se oyó el "TSHHH" propio del destape de bebida gaseosa y el recipiente se acercó lentamente a la boca de Germán guiada por su mano temblorosa. Dio un primer trago, la separó de sus labios, la miró incrédulo no pudiendo entender de que se trataba de la misma bebida, pensó “Epa, ¿qué onda? ¡no está tan mal!” y se la tomó toda (los 2 litros enteros) de un solo sorbo.
Envalentonado por su renovado bienestar y sin planearlo demasiado se dirigió directamente a Natalia: “No te soporto, ¿sabías?”. A lo que ella respondió “Sí claro, yo tampoco”.

Sin sacar los ojos de la ruta, Germán extendió su mano derecha con el puño cerrado como tantas otras veces, ella hizo lo mismo con su mano izquierda y en el instante en que los puños se chocaron, juntos pronunciaron por lo bajo un ya clásico “¡BOOM!”

viernes, 9 de octubre de 2015

Todo gordo y marrón, shí.


 
 
Caminás por la calle. Estás yendo a despedirte de tu perro, a verlo por última vez. Estás yendo a despedirte de alguien que va a morir porque vos y tu familia decidieron que es el momento de que así sea. Pensás qué decirle, tenés frío, hace frío y no se te ocurre qué decirle. El hijo de puta interno te dice que es un perro y que no te entiende, que no vale la pena romperse la cabeza. Pero dudás. Dudás porque querés dudar. Dudás porque sabés que es más que un perro. Dudás porque sabés que es mucho más que un perro. Seguís pensando y tenés frio. Tenés cinco mil cuatrocientas camperas en la mochila, pero no te abrigás. No sabés porque, pero preferís no abrigarte. Caminás lento, no querés llegar. Se levanta un viento, tenés frío. Te preguntás si están haciendo lo correcto. Te hacés la misma pregunta que te hiciste mil veces en estos días. No encontrás respuesta. No hay manera de saberlo. Faltan tres cuadras, cada vez hace más frío. Querés fumar, pero sabés que no conviene. No te importa qué es lo que conviene, pero no hay tiempo para perder en esas cosas. Estás apurado. Estás apurado por llegar, pero no querés llegar porque ahora tenés perro.  Después no. Va a llegar la hora prevista y no vas a tener más perro. Va a llegar la hora prevista y lo van a sedar. Y después le van a mandar un suero que tiene algo adentro que mata. Y después va a venir una camioneta y se lo van a llevar y lo van a meter en un horno. Lo que quedé de ese infierno controlado lo van a meter en una caja y te lo van a llevar a tu casa. Yo lo sé porque ya tengo de esas. Están en la casa de Mamá. No sé bien dónde, pero están. Hace frío, no se te ocurre nada que decirle a tu perro. Empezás a considerar que es buena la idea de decirle lo primero que te venga a la mente. No sabés cómo va a ser. No sabés con qué te vas a encontrar exactamente. Te lo imaginás, pero no sabés. No sabés una mierda. Ni de eso ni de nada. Llegás a lo de tu Mamá, abrís la puerta y ahí está tiradito tu perro. No se puede parar, tiene las patas muy jodidas y hace poco le encontraron un tumor. Te mueve un poco la cola y levanta un poco la cabeza. Te acercás rápido porque no querés que haga esfuerzo. Ahí está tu Mamá, montando guardia desde vaya uno a saber cuándo. Ella te pregunta si tenés frío, le decís que  no. Te sentás al lado de tu perro y lo acariciás, nunca habías visto el tumor. Te toma por sorpresa, tiene un bulto semipelado en una pata. De las cuatro que una vez tuvo, ahora le queda una sola. Puede confiar en una sola y hasta ahí nomás. Las canas hace tiempo que las tiene, es un perro viejo. Sabés que tuviste catorce años para encariñarte y no malgastaste el tiempo. Seguro que hay miles de recuerdos preciosos, pero ahora no. Ahora no. Le tocás las patas chuecas. Le acariciás la cabeza, él te mira con ojos cansados. Tu vieja te pregunta en qué pensas. Le devolvés un “qué se yo”. Le pedís que te dejen un rato a solas con tu perro.  Ella se va a la cocina. Le hablás, le decís que lo querés. ¿Qué mierda le vas a decir? Le decís que no sabés si están haciendo lo correcto. Le decís que no querés que sufra. Le contás que te ayudó a crecer. Le contás que, junto con todas las otras cajitas que están por ahí guardadas en lo de tu Mamá, te enseñó a querer. Le decís que es parte de tu identidad. Le decís que sos “el tipo que pone voz de idiota y  tiene conversaciones con cada animal que se le pasa por adelante” gracias a él. Le decís que tus amigos dicen que es “el perro más querido del grupo”. Le decís que cada cinco minutos están diciendo la frase que titula esto que estoy escribiendo y le contás que fue por él que la inventaste y que prendió y la dicen siempre. Le pedís perdón si es que alguna vez le hiciste mal. Le das mil besos en la trompa y te vas. Pero antes de irte tenés el impulso de ver la tortuga muerta que tenés arriba del mueble. La misma de la que ya hablé hace unos días. Eso hago. Ahí está, todavía muerta. No esperaba nada diferente, pero ¿qué se yo? Le doy un último beso y me voy sin mirar atrás a propósito. Hace frío. Pienso en que estamos toda la vida tratando de esquivar a la muerte y ni siquiera sabemos qué es, qué significa. La tomamos como antónimo de la palabra vida y en realidad es lo que define a la vida como tal. Divago. Quiero fumar, pero no fumo. Tengo frío pero no me abrigo. Ahora sí sé por qué es que no me abrigo y es porque sospecho que hoy, ahora, en este momento no me lo merezco. Hoy frio. Hoy tiene que ser frío. Camino hacia mi casa. Pienso en lo importante que fueron para mí todos mis bichos. Le doy vueltas a la idea de que lo único que uno busca todo el tiempo con todo lo que hace es ser importante para alguien y que ese alguien te demuestre que  de verdad lo fuiste. Hoy, por lo menos hoy, pienso que ESE es el sentido de la vida. El sentido de la muerte nadie lo sabe y eso es lo que la hace la verdad más violenta de las verdades. Caminás otro rato, ya estás llegando. Pensás que a pesar de todo, valió la pena. Otra vez valió la pena. Tenés muy claro que se te van a seguir muriendo y vas a seguir adoptando y que vas a seguir llenando tu vida de eso que nada ni nadie más te puede dar y que es uno de los amores más de verdad que has llegado a sentir. Ahí empezás a sentir el nudo en la garganta. Falta una cuadra. Te decís “dale que ya estamos, aguantá un cacho más”. Y no aguantás nada. Llorás en la calle por primera vez en 20 años o más. La señora de la vuelta te saluda y se da cuenta. Caminás rápido. Esquivás al encargado. Te ves todo rojo en el espejo del ascensor. Abrís la puerta de tu departamento. Ahí están tus gatos. Llorás más fuerte.  Te miran, te escuchan,  no entienden nada. No querés explicarles. No podés explicarles.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Teresa



Mis conocidos se divierten mucho cuando les muestro el cadáver de Teresa. Primero abren los ojos como platos, sorprendidos, después le sacan fotos con sus teléfonos (yo mientras les levanto la persiana para que salgan más claritas). Al final, una vez que se asentó ese primer impacto, generalmente me hacen sugerencias sobre qué es lo que debería hacer con ella: “!Hacete un cenicero!”, dicen muchos siempre creyendo ser los primeros; “!Pintala de colores y usala como centro de mesa!”, sugieren otros con envidia ante la imposibilidad de llegar a tener uno propio; “Está bastante bien conservada, ¿Por qué no la llevás a un museo o algo así?”, proponen unos pocos, los más cuerdos. Yo los escucho, nos risoteamos un rato y después a otra cosa. Pero algún desubicado una vez me insinuó: “dejá que yo me la llevo y se la tiro a los perros”.
¡JAMÁS!, ¡Teresa es mía, fui yo el que la maté! Mi familia y yo, para ser justos. Quizás fue sin querer, es cierto, pero fuimos nosotros los responsables de lo que le pasó. Nadie más que nosotros.

Teresa estuvo entre nosotros desde que tengo noción. Cuando vivíamos en Malabia, la pasábamos muy bien juntos. Solíamos corretear todo el tiempo de un lado al otro de la terraza y en verano nos tirábamos al solcito a hacer nada por largos ratos. Teresa y yo éramos amigos. Podría exagerar y decir que éramos como uña y carne y que no había forma de separarnos, pero estaría mintiendo.  Sin embargo estimo que si ella no hubiese tenido esa mala costumbre de desaparecer a cada rato, podríamos haber profundizado en esa amistad.
A veces Teresa no aparecía. Era de lo más común que no se dejara ver por meses para finalmente surgir de la nada, como si en realidad siempre hubiese estado. Cuando le preguntaba a mi Mamá dónde estaba Teresa, ella me decía que debía andar escondida por ahí. Con esa explicación me bastaba para seguir en mis cosas sin preocuparme, porque siempre volvía.
En el año 98 nos mudamos a un departamento más grande y nos llevamos a Teresa. Cuando cada mueble estuvo en su lugar, cuando se terminó de desembalar la última caja,  cuando de verdad nos sentimos mudados, alguno preguntó  “¿Y Teresa?”. Todos a la vez respondimos “debe estar escondida por ahí”, y no se habló más del tema.
Por esos años mis viejos contaban con la ayuda de una señora, de nombre Clara, que se encargaba de la limpieza de la casa y de cocinar cosas repulsivas y deformes que mi hermano y yo comíamos a regañadientes mientras nuestros padres trabajaban. Clara era una señora extraña. Solía tener reacciones poco comunes bastante seguido. Había días en los que nos contestaba de mala manera y otros en los que ni siquiera nos hablaba. Se quejaba mucho de Teresa. Odiaba a Teresa. Decía que ensuciaba por todos lados y que no servía para nada. Para peor, siempre coronaba aquella queja con la firme amenaza de que un día cualquiera se la iba a llevar y la iba a dejar tirada por ahí. Nadie tomaba muy en serio esa amenaza. Era más bien complejo tomarse en serio a Clara. Yo mismo, que en esa época era un amor de persona, sociable, dado, cariñoso, buena gente y todo eso, no la soportaba e intentaba esquivarla permanentemente.
El recuerdo más enquistado que tengo de ella es aquel en el que estaba volviendo al colegio un día de lluvia (cursaba doble turno) y Clara me despedía desde la puerta recomendándome que lleve paraguas. Cuando yo ya estaba en el ascensor, ella empezó a cantar esa canción boluda que dice: “Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, la vieja se levanta, etc etc…”. Yo, hinchado los huevos y con un poco de vergüenza ajena, presioné el botón de planta baja y la saqué de mi vista con gran satisfacción, pero no pude evitar seguir escuchando su canto que se hacía más fuerte y más estridente a medida que me alejaba, como si necesitase asegurarse de que la estaba escuchando. “LOS PAJARITOS CANTAN” gritaba cuando ya estaba por el segundo piso. “LA VIEJA SE LEVANTA”, retumbaba en las paredes del edificio al llegar a planta baja. Corrí hacia la puerta, la abrí con pulso nervioso y me hice a la calle a los tumbos, tapándome los oídos como podía. “QUE LLUEVA, QUE LLUEVA”, volvía a empezar cuando yo ya estaba en la esquina de Gurruchaga. Clara era una señora rara de verdad.

Por todas estas razones (sumándole que se chupaba cuanta bebida alcohólica encontraba en la casa) y quizás por otras que escapan  a mi memoria o a mi conocimiento, mis padres decidieron despedirla poco tiempo después de la mudanza del 98. No fue sin un pequeño escándalo de por medio (en el momento en el que se le notificó esta decisión) que Clara abandonó nuestras vidas para siempre.
Unos meses después de su partida se nos empezó a hacer demasiado prolongada la ausencia de Teresa. No es que alguien haya llevado una cuenta exacta, pero ya empezaba a llamar la atención. Entre todos la buscamos durante días, pero nunca apareció. Cuando consideramos finalizado el rastrillaje, nos juntamos en asamblea y discutimos su desaparición, que esta vez parecía definitiva. Algunos recordaban haberla visto el día de la mudanza, otros se la habían topado un par de días antes de eso. No abundaba la exactitud, no habían precisiones. Pero donde sí hubo consenso total fue en que cada uno de nosotros recordaba claramente haber escuchado las amenazas de Clara. Entonces, a falta de mejores explicaciones y urgidos por encontrarle la verdad a todo este asunto, concluimos que se la había llevado esa vieja ridícula y la había abandonado por ahí. Puteamos al cielo, maldijimos su puto nombre, prometimos venganza y después, a otra cosa mariposa, seguimos con nuestras vidas

7 años después (ya me habían crecido pelos, ya había empezado a fumar, ya me había emborrachado con Bolskaya de frutilla, ya había besado a alguna desafortunada, ya me había rechazado alguna chica inteligente) estaba tranquilo en el living de mi casa jugando a la computadora. Puse el juego en pausa para buscar algo de tomar en la cocina, me levanté de la silla, me dí vuelta y ahí estaba esperándome, tendido en el medio del living, el primer cadáver que vi en mi vida. Ahí estaba ella, panza arriba, inmovil, consumida, pero bastante parecida a la Teresa que correteaba conmigo en la terraza.
Quizás un poco contagiado por el Rigor Mortis, me quedé duro, seco en el lugar por vaya a saber cuanto tiempo hasta que el empapelador, que en ese momento estaba trabajando en casa, soltó como si no fuese la gran cosa "estaba ahí abajo" y señaló un enorme mueble que cubre una de las paredes del comedor.
Me acerqué a dicho mueble y lo vi desde atrás por primera vez. Descubrí que por su parte trasera se podía acceder a ese pequeño espacio que suele haber debajo de algunos muebles (ese en el que se suelen juntar bolas de pelo, pelusas, y esos objetos que no vale mucho la pena seguir buscando una vez extraviados). Si por el contrario uno mira el mueble de frente, se ve que este espacio está tapado por unos coquetos zócalos que impiden el acceso. La única entrada a esa caverna doméstica, entonces, estaba detrás de esa pieza de mobiliario y había estado sellada desde 1998.
Empecé a hacer cuentas, a repasar recuerdos, a comparar viejas versiones y comprendí que Teresa se había escondido en aquella caverna, quizás perturbada por el trajín de la mudanza, allá lejos en el tiempo e imaginé a mis padres pidiéndole a los peones que apoyasen el mueble en aquella pared tal cual estaba planeado, sin que ninguno de todos ellos supiera que había un ser vivo debajo. Luego pensé en el empapelador trabajando, corriendo el mueble, tomando el cadáver Teresa entre sus manos, apoyándola en el suelo como si nada y luego continuando con su trabajo lo más campante.
Quizás fue por lo tremendamente absurdo de toda esa situación que lo primero que me salió de adentro fue reírme. Puede sonar asqueroso, puede parecer condenatorio, pero me dio mucha gracia. Se lo comenté a mi familia y todos se sorprendieron y creo recordar que todos, aunque sea por un momento, también se rieron de todo este disparate.
Pero seguramente un rato después, con la noticia ya procesada, todos y cada uno de nosotros deben haber hecho en sus soledades (como lo hice yo) el espantoso ejercicio de ponerse en el lugar de Teresa, de verlo todo a través sus ojos.
Todos debimos haber visto, entonces,  una multitud de personas apuradas llevando cajas de aquí para allá. Todos debimos haber visto ese hueco debajo del mueble y nos debió haber resultado tentadora esa tranquilidad, y hacia allá debimos haber ido buscando refugio. Todos debimos haber sentido el piso temblar cuando el mueble se movía y debemos haber visto apagarse el último resquicio de luz. Todos debimos haber intentado pedir auxilio con una voz que no teníamos. Todos debimos haber intentado escarbar la madera buscando aire, buscando libertad. Todos debimos haber sentido el miedo y la sed. Todos debimos haber sentido el hambre. Al final, todos habremos dado el último suspiro como Teresa.
Quizás fue para nunca olvidarnos de nuestro crimen, que aún hoy conservamos el cadaver de Teresa arriba de un mueble.
Antes viva debajo de un mueble, hoy muerta arriba de un mueble, ¡qué ironía más hermosa!.

Desde que paso todo esto no puedo evitar que cada tanto me asalte la idea de la muerte que, sentadita arriba de un mueble, espera paciente, banalizándolo todo, restandóle importancia a todo lo que uno haga o deje de hacer. Totalmente imperturbable ante nuestros triunfos y derrotas. Sabiendo que aunque hayamos amado de verdad o no, va a bajar del mueble en el momento indicado. Sabiendo que hayamos amasado fortuna o no, va a bajar del mueble en el instante preciso. Teniendo la total certeza (la única certeza total que existe, en verdad) de que, hayamos sido felices o no, hayamos engendrado o no, hayamos hecho el bien o no, hayamos disfrutado, hayamos cantado, hayamos llorado, hayamos reído o lo que puta sea que hubiesemos hecho o dejado de hacer, va a llegar el día en que la muerte le va a decir por lo bajo a mi tortuga Teresa que está ahí a su lado "ahora vuelvo", se va a bajar de un saltito del mueble del living y me va a dar el abrazo más fuerte que jamás voy a recibir.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Papeles de la calle




Tengo la malsana costumbre (algunos incluso se apresurarían a diagnosticarla como trastorno obsesivo compulsivo) de recoger los papeles que encuentro tirados por la calle y leer lo que está escrito en ellos.
Me encuentro cosas todo el tiempo, cualidad que puedo atribuirle a mi particular manera de caminar: cabeza gacha, mirada en el piso, mente absorta en ningún lugar.
Con los años he recolectado todo tipo de porquerías, exceptuando el ocasional (aunque bastante usual) billete de valor variable, exacto monto que de cualquier manera terminaría perdiendo luego en alguno de los descuidos o torpezas de las que son tan mías.
De todos estos hallazgos callejeros, son de mi predilección los que están escritos a mano ya que tienen el gusto de lo artesanal: alguna hoja perdida por un alumno de primaria hablando de la fotosíntesis, una lista de compras para el supermercado, una nota de un vecino insultando a otro a causa de ruidos impropios y otras cosas por el estilo. No es más que eso, usualmente.
Pero ayer, caminando por la calle Cabrera, mis ojos se cruzaron con un bollito de papel que estaba siendo empujado tímidamente por algún viento. Interpuse en su trayectoria mi pie derecho, a modo de tope, y el bollito frenó. Miré hacia los dos costados, lo levanté con cierta vergüenza de que los otros transeuntes me sospechasen linyera, o lumpen, o algo por el estilo y lo abrí con cuidado de no romperlo. Estaba escrito con letra cursiva un tanto desprolija, tenía algunos garabatos en los márgenes y decía lo siguiente:

Hoy empiezo a escribir con la certeza de que nadie más que mi persona tendrá acceso a lo que se construirá a continuación -y que aún yo mismo ignoro-.
Hoy empiezo a escribir sólo para mí, con el último propósito de averiguar de dónde surge la necesidad de dejar impresos sobre un papel cualquiera, una infinidad de chirimbolos que representan sonidos, que a su vez representan palabras, y que terminan representando aquello que da vueltas y vueltas en mi cabeza, como en una calesita infinita y pertinaz.
Hoy empiezo a escribir sin cimientos y sin planos. Dejaré que las ideas se sucedan disparadas como balas en medio de un balacera, irregulares, enfrentadas, erráticas y sobre todo carentes de todo sentido.

Mi nombre es Leonardo, pero prefiero que me digan León. Es que siento que Leonardo suena como a León de pacotilla. "Éste más que León, es un Leonardo", podría llegar a decir alguno. No se... sinsentidos que uno siente.
Duermo poco. Desde siempre. No sé bien el porqué. Supongo que además de tener el sueño extremadamente liviano, tengo algo (¿alguien?) dentro mío que está a la espera de que despegue los párpados para gritarme "¡levantate de ahí! ¡dejá de perder el tiempo!". Aunque debo sincerarme, pierdo el tiempo de cualquier manera, aún estando bien despierto. De cualquier modo, poniéndole algo de atención al asunto, considero que la única manera real y verdadera de perder el tiempo es aburrirse.
Por suerte me entretengo con una multitud de cosas, pero las que más disfruto son las que me obligan a despegarme del suelo, a separarme del mundo real. No es que esté disconforme con mi vida, ni tampoco es que haya algo de lo que necesite huir. Pero a veces todo es tan común, que da hambre de distancia. Entonces es cuando recurro a los libros, a las películas, a los videojuegos y también a la música en busca de algún tipo de emoción, alternando entre una y otra cosa desordenadamente, yendo y viniendo entre esos satélites a medida que se acaban los recursos.
Siempre estoy dispuesto a bajar de la nave para encontrarme con algún amigo. Lastimosamente esto ocurre cada vez con menos frecuencia. Es que los años suelen venir con barreras que uno va poniendo como puede entre uno y los demás intentando siempre dejar un camino disponible, pero la verdad es que a veces no podemos evitar cierta cerrazón. Esto nada tiene que ver con el corazón, es más bien uno de los efectos colaterales del crecer. Muy posiblemente el peor.
Pero lo que más me aterra no es la idea de crecer, que además de ser imposible de evitar, no es ni bueno ni malo en sí mismo. Lo que más miedo me da es "madurar", o por lo menos tener que hacerlo concordando con la más utilizada de sus acepciones. La que nos obliga a ser una persona cada vez más "seria" ante los ojos del resto. La que nos empuja a seguir los pasos estipulados por la sociedad para evitar el "fracaso" (Nacer, estudiar, recibirse, seguir estudiando, conocer a alguien, enamorarse, garchar tres veces por semana, casarse, tener hijos, separarse, envejecer, mirar la tele todo el día, morirse viejo y solo). La que nos hace dejar de ver el camión de bomberos en la caja de zapatos, o la espada en el palo de la escoba, o la Tama Starclasic en el juego de ollas de mamá. La posibilidad de perder esa magia inocente, eso es lo que más me atormenta.
Debe ser un poco por eso que me agradan tanto las personas que no se toman muy en serio. Esas que reconocen que no hay nada TAN importante y hacen lo suyo con talento, pero también con liviandad, como si su vida no se les fuese en ello. Por suerte conozco varias personas así y entre ellas me siento cómodo.
No encuentro nada más gratificante que estar rodeado de gente que me habilite y me incentive a ser enteramente lo que soy. Gente entre la cual no sea necesario fingir ni por un solo segundo ser algo más o algo menos que esto que soy ahora, sólo para aparentar acercarme a lo que ellos podrían esperan que yo fuera. Todo esa fiesta de disfraces cansa, cuesta y no vale mucho la pena.
Creo que no es culpa nuestra ser como somos, entiendo que es importante entender esto en esos momentos en los que todo parece estar en nuestra contra. Tampoco es justo adjudicarnos todo el crédito por lo que nos sale bien. El tiempo nos va moldeando y es poco lo que podemos hacer para cambiar de forma.
Es cierto que a veces pareciera no bastar con uno mismo.
Un día cualquiera conocés a alguien y en un momento, generalmente imposible de precisar, PUM! ya no sos lo único que necesitás. Necesitas anexarte de alguna manera a esa otra persona. Suele pasar que la deseás con una potencia tal, que la soledad (antes grata, cuanto menos) se vuelve difícil de soportar. No tiene mucho sentido, huele casi a sinrazón, pero es así.
Y cuando tenés la inmensa suerte de que el sentimiento de los dos sea medianamente simétrico (nunca lo es del todo) y necesitas la felicidad de la otra persona casi de la misma manera en que necesitás la propia, empezás a estimar que hay cosas que tenés que cambiar y esperás que la otra parte haga lo mismo; y en el esfuerzo aparecen las primeras chispas. Y a partir de chispas, se desatan incendios y entre todo esto siempre hay cosas que se rompen y no se pueden componer aunque pongamos toda nuestra dedicación en el remiendo. 
Pero lo más triste es sospechar que un tiempo después conocés a alguien más y todo pasa de nuevo, con idéntica factura, como si el tiempo no tuviese memoria.
No me divierte cuando las cosas se repiten siempre de la misma manera. Me empalagan los lugares comunes. Intento, no siempre lo logro, no decir las cosas siempre con las mismas palabras y trato de pensar antes de hablar.
Sucede que suelo tomarme más tiempo que el que podría recomendarse pensando antes de hablar. Cuando eso pasa, termino convenciéndome a mí mismo de que lo que estoy por decir ya no merece ser dicho y me quedo callado. Algunas personas entonces me rotulan de antipático, o de tímido, o de idiota y generalmente no vuelven a hacerme participar de sus charlas, cosa que no suelo lamentar en absoluto.
Me cuesta tener conversaciones de temas que no son de mi interés. Me es muy trabajoso (y me sale muy mal) fingirme interesado. Entiendo que esto pueda dejar en evidencia un cierto egoísmo de mi parte. Se que a la persona con la que me toca charlar puede no interesarle en lo más mínimo lo  que tengo para decirle, pero de igual manera no le noto hilos que le dibujen la sonrisa y, por mucho que busque, no detecto falsedad en sus "Ah, ¡mirá qué bien!" o en sus "¡Buenísimo, che, me alegro por vos!". Los envidio por esa facilidad, a mí me cuesta mucho.
Pero sobre todo me cuestan los Domingos a la tarde en los que no hay nada para hacer y en los que además, como por algún designio diabólico, el peso de las cruces que uno carga se empiezan a multiplicar, y entonces a uno no le queda más opción que ponerse a escribir ridiculeces que a nadie le importan sólo para que la noche se apure en llegar y uno pueda hacer un bollo con todo este sin sentido y tirarlo por la ventana con la finalidad de alejarlo lo más que se pueda de la mano que lo escribió, como estaré haciendo a continuación.

Debo reconocer que me asaltó un frío extraño al terminar de leer todo aquello. Lo sentí en los pies y en el pecho al mismo tiempo y me estremeció un poquito.
Guardé el papel en la mochila, prometiendo volver a leerlo cuando llegara a mi casa, y me fui caminando despacio, envuelto todavía en frases y en palabras que resonaban en la noche porteña como tiros de cañón.
Cuando estaba llegando a la esquina, sentí un pinchazo en la nuca. Me dí vuelta casi instintivamente y ahí lo vi por un segundo parado en la ventana más cercana al lugar en el que había encontrado aquel papel. Vi su silueta, vi sus ojos, vi cierto rencor que entre ellos se gestaba y un segundo después desapareció, dejandome en claro y dejándose en claro que esta no era la última vez en que nuestras miradas habrían de cruzarse.